30 abril 2014

Tanatocuento

  Un año mas, la revista Adios, organizó su concurso de Tanatocuentos. Ayer pude comprobar que no estaba seleccionado entre los mejores de los 474 participantes.
Pero, no todo van a ser malas noticias, gracias a mi fracaso en este concurso, los lectores de este blog podeis disfrutar de él. Espero que os guste. Lleva por titulo: "cinco minutos más"

  “Cinco minutos más. Por favor, mama, déjame cinco minutos más”. Era la frase que repetía como un mantra durante casi toda mi infancia cuando mi madre venía a despertarme para ir al colegio. No se por qué me desperté con esta misma frase en la cabeza cuando noté que alguien me golpeaba insistentemente la cara sin llegar a hacerme daño.
  Debía llevar dormido una eternidad a juzgar por lo que me costó abrir los ojos. Cuando conseguí enfocar vi a mi amable agresor, un hombre muy elegante, vestido con traje negro y corbata a juego que en cuanto me vio mirarle confundido paró de golpearme.
  Miré a mi alrededor, pero no reconocí el sitió. Ni era mi habitación de la infancia, ni aquel hombre era mi padre, ni mucho menos mi madre como soñaba hasta hacía apenas unos segundos. Conseguí incorporarme con mucho dolor en todas mis articulaciones. El hombre se apartó a un lado y pude ver como era la habitación donde estaba. Era un sitio frío, de paredes blancas, con apenas unos cuadros abstractos con poco colorido y una puerta de madera, sin ventanas, lo que hacía del sitio algo casi claustrofóbico. Enfrente, pude ver dos sillones amplios, y a mi izquierda, pegada a la pared, una mesa vacía y una silla con ruedas frente a ella.
  - Hola, ¿Qué tal se encuentra? - preguntó el desconocido.
  Le miré de reojo mientras esperaba que los cuadros me revelasen donde me encontraba encerrado con aquel extraño.
   El hombre insistió con educación: - Señor, ¿está usted bien?
   Me vi obligado a contestar con otra pregunta: - ¿Dónde ...? - mi voz no salió de primeras, otra prueba más de que había dormido demasiado tiempo. Me aclaré la voz y lo volví a intentar: - ¿Dónde estoy?
  - ¿No recuerda usted nada, señor? - con un movimiento de cabeza le dí a entender que no – es muy normal, pasa muchas veces – me dijo poniéndome una mano en el hombro.
  Bajé la vista y fue entonces cuando reparé donde estaba. La cama donde reposaba era una
camilla metálica. Esa debía ser la explicación de mi dolor en todo el cuerpo. Me senté colgando los pies y volví a inspeccionar la habitación mirando esta vez lo que quedaba a mi espalda. En otra camilla similar a la mía reposaba un ataúd de madera poco pretencioso, completamente cerrado.
   Me preparé para oír la peor de las noticias.
  - ¿Quién a muerto? Dígamelo sin rodeos, por favor.
   El hombre dejó pasar unos segundos antes de contestar.
  - Usted, señor.
  Ante esa afirmación no pude menos que sonreír. Intenté hacer memoria, ¿dónde estaba yo antes de dormir tanto? el último recuerdo que me vino a la mente fue el de una fiesta, una fiesta con la música muy alta, y mucho alcohol, estaba en un escenario sentado sobre una silla de madera. Ya recuerdo, es mi despedida de soltero, pero no consigo recordar que pasó exactamente.
   - ¡Qué cabrones! – me levanté del sitio y recorrí la sala mirando cada detalle – está claro que se han currado la broma.
  - Me temo que no es ninguna broma, señor.
   Esta vez, la carcajada resonó en toda la sala mientras miraba fijamente al hombre, esperando algún tipo de mueca o gesto que delatase la farsa. Siguió con gesto impasible. El extraño, alargó la mano hacia los sillones invitándome a tomar asiento. No obedecí y me quedé quieto donde estaba.
   - Verá, – empezó diciendo cuando estábamos sentados – usted falleció hace unas horas. Lo normal es que no lo recuerde y que tampoco le interese mucho, pero si quiere, le puedo dar los detalles.
   - No puede ser – le interrumpí malhumorado - ¿Cómo voy a estar muerto si estoy hablando con usted?
   - Sí, tiene usted razón, realmente no está muerto ahora, pero lo ha estado y lo estará dentro de... – el hombre miró su reloj de muñeca - ...aproximadamente quince minutos.
   Un mareo repentino me obligó a sentarme donde antes rechacé.
   - No puede ser. – insistí esta vez más serio – Esta broma es muy graciosa – ironicé mirando fijamente los cuadros de la sala pensando que al otro lado estarían mis amigos viéndolo todo – pero ya empieza a ser pesada.
   - Estos quince minutos son un tiempo que damos para hacer balance, ponerse en paz con su Dios si es usted creyente, o simplemente para escribir una carta a su gente para despedirse – dijo el hombre muy tranquilo a la vez que se levantaba del sillón – tomeselos como el tiempo de descuento en un partido de fútbol.
   El mareo dio lugar a un tremendo dolor de cabeza. Una parte de mí seguía convencido con la teoría de la broma, pero la parte que se creía aquella patraña iba ganando sitio. Todavía un poco aturdido me levanté rápidamente y me dirigí a la única puerta de la habitación. Giré el pomo pero la puerta no cedió. Empujé y tiré esta vez con más fuerza con el mismo resultado. Pateé con rabia la puerta hasta que el hombre del traje negro apoyó su mano sobre mi hombro.
   - Trate de relajarse, caballero. Aproveche la oportunidad que se le brinda y no pierda el tiempo en pelearse con una puerta que no se abrirá.
   - ¿Qué me relaje? ¡Me está diciendo que estoy muerto! – le grité con lagrimas en los ojos - ¿Es qué no lo entiende? ¿Cómo coño quiere que esté relajado? - mi parte racional había renunciado completamente a la teoría de la broma, aquello parecía demasiado real.
  Cuando conseguí relajarme un poco, fui directo al ataúd que seguía cerrado. Con temblores en las manos y flojera en las piernas lo abrí con la esperanza de encontrar a alguno de mis amigos gritando “¡ sorpresa !” y riéndose de mi. Incluso en el peor de los casos encontrar algún conocido sin vida, cualquier cosa sería mejor que mi propio final. Siempre había presumido de no tener miedo a mi propia muerte, pero verla tan de cerca me hizo cambiar de opinión radicalmente.
   Nada de lo esperado sucedió. El interior estaba vacío. Palpé el interior esperando encontrar
un doble fondo o algo que me diese la razón sobre la teoría de la broma.
   - Señor – el hombre me sacó de mis pensamientos – le recomiendo que no pierda más el tiempo. Le quedan sólo diez minutos.
  Aquellas palabras me hicieron perder toda esperanza. ¿Qué se puede hacer cuando te queda tan poco para desaparecer y convertirte en un recuerdo?
   Cerré la caja y volví a mirar a mi alrededor para fijarme en cada detalle de la sala. De nuevo, nada me dijo que era todo una gran mentira. En esta nueva revisión reparé en el escritorio en uno de los lados de la habitación. Me dirigí hacia allí como un autómata. Encontré un taco de hojas en blanco, un par de bolígrafos y una biblia que aparté a un lado.
   Me senté en la silla mientras colocaba una hoja frente a ella. Sin tener nada en mente, empecé a escribir de manera compulsiva. Releí cada frase escrita y taché palabras, las cambié por otras hasta comprobar que no se entendía nada de lo escrito. Arrugué el papel echándolo al suelo y cogí otra hoja. Esta vez me propuse hacerlo sin errores. Después de dos intentos reconocí que no podría hacerlo mejor. La voz grave y seria de aquel extraño convertido en guardián me sobresaltó.
   - Señor, lo siento. Ya ha terminado su tiempo.
   - Deme cinco minutos más, por favor. - supliqué.
   - Lo siento, no hay mas tiempo. Lo que tenga escrito se lo entregaremos a sus familiares más directos si así lo desea.
   Me levanté de la silla. Revisé una vez más el texto escrito y lo di por bueno al entregárselo al hombre. Dobló el papel y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta sin mirarlo. Abrió la tapa del ataúd y colocó una pequeña escalera en la que no había reparado hasta entonces. Sin ningún reparo y con la conciencia tranquila tras haberme vaciado en aquel papel que ahora reposaba en la pechera del hombre, me tumbé en la superficie acolchada y supliqué una vez más: - Cinco minutos más, por favor – no obtuve ninguna respuesta.
   Coloqué los brazos a ambos lados pero no me encontré cómodo, probé a colocarlos en cruz sobre mi pecho como tantas veces había visto en las películas, tampoco era buena opción y terminé por apoyarlos en la barriga con los dedos entrecruzados. Cerré los ojos cuando el hombre cerró la tapa.
   - Cinco minutos más, por favor, cinco minutos más... - repetí una y otra vez como un mantra hasta que me dormí profundamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario