10 julio 2014

Pasion por leer - Barba de chivo

Aquí dejo otro relato no ganador, en este caso, el concurso estaba organizado por la Biblioteca de Castilla-La Mancha y la temática obligatoria era la siguiente:
"El Certamen deberá estar vinculado a los valores de la lectura, la información y, en general, las bibliotecas. Será obligatorio que la acción del relato, o al menos parte de ella,aluda o se desarrolle en la Biblioteca  de Castilla-La Mancha o en una Biblioteca."

Los tres merecedores de premio los podeis encontrar en este enlace.

Y por último, os dejo el relato que presenté:

 - Barba de chivo -

   Los niños son crueles. Todos lo hemos sido en mayor o menor medida cuando éramos pequeños. Un ejemplo de esto son los apodos. A cierta edad todo el que nos rodeaba tenía un mote, generalmente haciendo alusión a alguna característica o defecto físico. Algunos de los que recuerdo de esa época no sé muy bien a que se debían, pero más de uno, todavía conserva el suyo. "El costras", "el oso", "el largo" son algunos de los que me vienen ahora a la memoria.  

   Quizá, el que más me impactó en su día fue el de "el chivo". No por ser el apodo más acertado de todos los que he conocido hasta ahora, sino por como lo escuche la primera vez, o mejor dicho, como lo tuve que pronunciar por primera vez.

   Siendo niños, cuando el tiempo no acompañaba para jugar a las chapas, a la peonza o a las canicas, la única diversión que teníamos era ir a la biblioteca de al lado de mi casa. No era la primera vez que les acompañaba. No recuerdo muy bien porque fue ese día y no otro, supongo que porque mi décimo cumpleaños estaba cerca y tenía que demostrar ante mis amigos del barrio que ya no era un crio.

   -¿Seguro que te atreves? - me preguntó alguno del grupo.

   -Si - conteste decidido - ¿Qué tengo que decir?

   El más mayor se acercó a mí y me lo dijo al oído. Lo que escuché, me hizo llevarme las manos a la boca de manera instintiva para evitar soltar una carcajada.

   Sin pensarlo dos veces para evitar arrepentirme, me acerque a la puerta de aluminio con cristales tupidos y entré. Supongo que serían más los nervios que el olor a sitio cerrado unido al de los libros, el que me hizo marearme un poco. Crucé la puerta sabiendo que encontraría un descansillo de aproximadamente dos por dos metros y a la derecha un pasillo largo perfecto para hacer de altavoz. El resto del grupo entró en silencio y esperó en la entrada con la puerta abierta mientras yo me adentré por el pasillo.

   Era la primera vez y tenía que hacerlo bien. Muy despacio fui acercándome al final del pasillo donde estaba la zona con libros infantiles y juveniles. Me habían informado para mi tranquilidad que el bibliotecario estaría a la izquierda de la sala, sentado, o con suerte, colocando algún libro en la zona de los adultos. Me acerqué lo máximo que pude a la sala dispuesto a realizar mi prueba de madurez y virilidad. 

   Cogí aire y grite con todas mis ganas: -¡Chivo, cabrón!

   Desde el otro lado del pasillo, me llegaron las risas de mis amigos que ya salían por la puerta corriendo hacia nuestro portal. Me giré para seguirles pero no pude avanzar. Una mano me agarraba de la capucha del abrigo impidiendo que saliese corriendo.

   Cuando me volví a girar para ver quien me tenía prisionero, lo vi todo claro. Fui subiendo con la mirada desde mi altura hasta su cara. Pantalones de pana marrón, jersey de cuello vuelto blanco, tapado a medias por un chaleco gris. Se trataba de un hombre de mediana edad, delgado, con cara afilada y ojos un poco achinados, pelo muy corto y grisáceo a juego con su chaleco, perilla también a juego. Hasta las orejas puntiagudas y un poco separadas de la cara hacían ver en él un auténtico chivo. Su gesto serio me hizo pensar que le había ofendido enormemente. Con el tiempo descubriría que ese hombre nunca sonreía.

   Durante unos segundos nos quedamos mirando sin decir nada.

   -Sabes leer, ¿no? - me dijo el hombre sin entonación alguna.

   Moví la cabeza arriba y abajo en gesto afirmativo. La boca seca por el susto no me permitía articular palabra.

   -¿Qué pone ahí? - me preguntó señalando un cartel colgado en la pared.

   Dude un instante antes de contestar: -Se ruega silencio - dije para el cuello de mi camisa.

   Sin soltarme el abrigo, aquel hombre me adentró en la sala donde todo el mundo me miraba como miran a los animales que van al matadero. Intenté soltarme sin éxito. Por fin me soltó cuando estábamos delante de una estantería llena de libros. Por un momento pensé que se trataría del mismo castigo que había sufrido más de una vez en el colegio, en el que durante un tiempo, tenía que mirar a la pared. El hombre volvió a hablar.

   -Elige uno de estos - me pidió señalando una de las estanterías a la altura de mi vista.

   Sin apenas ver los títulos y muerto de miedo. Cogí uno al azar y se lo entregué. Me volvió a agarrar del abrigo y me dirigió a su mesa. Se sentó en su silla y empezó a anotar algo en la primera hoja del libro. Por un instante pensé en salir corriendo de allí, pero eran muchas las miradas que me observaban y seguramente alguna me conocería.

   -¿Cómo te llamas? - preguntó esta vez más amablemente.

   Dude un momento, pero finalmente preferí darle mi nombre verdadero. El bibliotecario lo anotó en el libro e hizo lo mismo en una ficha de cartulina que saco de éste.

   -Tienes hasta el viernes que viene para traérmelo, y espero que lo traigas leído porque te voy a preguntar. - me tendió el libro con una mano sin dejar de mirarme - puedes irte.

   Sin tener claro que tenía que hacer, cogí el libro, me lo escondí bajo el abrigo y salí corriendo de aquel lugar. Quería volver a mi casa cuanto antes y olvidarme de todo. En el portal estaba todo el grupo esperándome para admirar mi valentía y mi suerte de haber salido de la biblioteca sin ningún rasguño. Aprovechando que tenía a mi pequeño público entregado, me inventé como había conseguido escapar justo cuando “el chivo” me  quería encerrar en uno de los cuartos de la biblioteca. Cuando deje de ser el centro de atención aproveché para marcharme a casa. 

   Nada más entrar en mi habitación saqué el libro de donde lo llevaba escondido y sin leer el título lo escondí bajo el colchón de mi cama. Pensé que si mis padres lo encontraban empezarían a preguntar y pronto descubrirían mi gamberrada.

   Después de la cena, encontré el momento adecuado para ver que tenía que leer como penitencia. "Charlie y la fábrica de chocolate" era el título. Nunca antes había oído hablar de ese libro. Rápidamente volví a esconderlo y me acosté pensando cuando sacaría tiempo para leerlo y cuáles podrían ser las represalias de aquel bibliotecario con cara de pocos amigos si no cumplía sus exigencias.

   El sábado por la mañana me levanté temprano y me dispuse a leer sin ninguna gana antes de que se despertase el resto de la familia. La primera toma de contacto no me enganchó mucho. Se trataba de un libro sin ilustraciones de ningún tipo y demasiado grueso para mi gusto. Lo primero que hice antes de empezar a leer fue mirar el número de páginas y calcular cuantas tendría que leer cada día para llegar a tiempo. Pensé que de esta manera sería más llevadero. Ese primer día apenas pude leer una hora y no llegué a la cuota de páginas diarias que me había marcado. 

   El domingo repetí la misma operación. Aprovechando que todos dormían, me levanté muy pronto y leí. Esta vez sí me quede absorto por la historia y a punto estuvieron de pillarme después de llamarme varias veces a desayunar y no hacer caso por querer terminar un capítulo. Desde ese momento, el libro pasó de reposar bajo mi cama a ir siempre conmigo. Siempre que tenía un momento de soledad leía, terminándolo dos días antes del plazo.

   Supongo que la intención del castigo no era la lectura en sí, sino el tener que enfrentarse de nuevo al bibliotecario. Encontré el momento más adecuado para que ninguno de mis amigos me viese entrar de nuevo allí. Una semana después volvía a recorrer el pasillo de entrada con el libro en la mano y tentado de darme la vuelta más de una vez. De nuevo sentí el pequeño mareo sin saber identificar si se trataba de los nervios, el calor o el olor característico de los libros.

   Desde la entrada a la sala, dirigí mi mirada a la mesa donde el bibliotecario apuntaba las entradas y salidas de libros. No estaba en su sitio. Pensé que si dejaba el libro sobre la mesa y salía corriendo se podrían solucionar todos mis problemas. Lo intenté, pero como ya pasase la última vez, una mano me aferró de la capucha del abrigo.

   -¿Te has gustado? - dijo una voz susurrante a mi espalda.

   Sin girarme, moví enérgicamente la cabeza arriba y abajo. La mano que me agarraba, tiró de mí sin violencia y me metió en una sala minúscula pegada a la mesa del bibliotecario. La sala estaba ordenada como un pequeño despacho con dos sillas enfrentadas y separadas por una mesa repleta de libros apilados. En las paredes se agolpaban más libros sin ningún orden aparente. Nada más entrar, identifiqué aquel sitio como el culpable del olor que se percibía al entrar.

   Sin cerrar la puerta, me invitó a sentarme en una de las sillas ocupando él la otra.

   -Y bien, ¿qué te ha parecido? - preguntó sin cambiar el gesto.

   No supe que contestar y me encogí de hombros esperando preguntas más concretas. El hombre siguió con su interrogatorio particular del libro haciendo que me relajase y le contase todas mis impresiones. Tras media hora de conversación, el bibliotecario se levantó sin decirme nada y salió del despacho. Desde mi sitio, vi como revisaba una de las estanterías y cogía un libro de ella. Volvió a entrar en el despacho y me tendió el ejemplar que había seleccionado.

   -Toma. Este seguro que también te gusta.

   Lo cogí con una mano y lo ojeé por encima. El tamaño era similar al último leído y al igual que este, tampoco tenía ilustraciones, pero esta vez me importó menos.

   -Esta vez, no es obligatorio. Solo es una recomendación de bibliotecario. Si te lo quieres llevar puedes traerlo dentro de dos semanas.

   Acepté de buena gana y me levanté de la silla esperando dar por terminada la conversación. El hombre cogió varios de los ejemplares de una de las pilas de la mesa, sin despedirse fue directo a la zona de la biblioteca reservada para adultos y se dispuso a colocar los libros que llevaba consigo en las distintas estanterías.

   Después de aquel segundo libro, vinieron muchos más. Casi todos los viernes intentaba pasar por la biblioteca, para, cuando aquel hombre con cara de chivo no estaba muy ocupado, poder charlar sobre lo último leído e irme con una nueva recomendación para el fin de semana. 

   Con el paso del tiempo me fui acostumbrando a aquel sitio y a aquel silencio. Cuando entre en edad de tener que estudiar a diario iba nada más salir del colegio. Llegaba temprano y me sentaba siempre en el mismo sitio, cerca de las estanterías y de cara al pasillo que daba acceso a la sala. Desde ahí veía como muchos niños entraban, se acercaban por el pasillo y gritaban alguna grosería. La mayoría aludían al gran parecido físico del bibliotecario con un chivo. Yo sonreía, incluso alguna vez, se me escapó alguna risita y le miraba de reojo. Nunca le vi hacer un solo gesto ante los repetidos insultos que recibía casi a diario.

   Uno de los días de verano en los que la biblioteca estaba casi vacía, se repitió una vez más la situación. Alguien entró, gritó y salió corriendo. No recuerdo la frase exacta, pero si recuerdo que me hizo mucha gracia. Intenté disimular mi risa, pero una carcajada inundo el silencio de la sala. Sonrojado, miré de reojo al hombre. Al ver que le observaba me hizo un gesto para que me acercase a su mesa. En contadas ocasiones hablábamos ya, pero siempre que lo hacíamos era para recomendarnos algún libro que nos había gustado. Pasamos al despacho y ocupamos cada uno su silla. En su mano llevaba un libro con aspecto de haber sido leído infinidad de veces. Había revisado muchas veces todas las estanterías de la biblioteca pero no recordaba haber visto nunca aquel ejemplar.

   -Toma, - dijo entregándome el libro - le tenía en casa y ayer haciendo limpieza lo vi. Pensé que te podría gustar.

   -¿De qué trata? - pregunté intrigado al ver que no tenía título ni autor.

   -Prefiero que lo descubras tú mismo. Déjatelo para casa y lo lees tranquilamente. 

   El libro era una colección de cuentos extraños, algunos sin ningún sentido con un denominador común, de manera directa o velada en todos se hablaba de alguien humillado e insultado por otra gente. No entendí el sentido de la recomendación hasta que fue a devolvérselo a su dueño.

   -¿Lo has leído? - preguntó el hombre intrigado nada más verme.

   -Sí, pero la verdad es que no me ha gustado mucho. No le he encontrado sentido a las historias. Están como sin terminar, o son sucesiones de frases que no tienen que ver unas con otras. ¿Por qué me ha recomendado este libro?

   -No te lo he recomendado. - el hombre apoyo sus codos en la mesa y me miró muy fijamente. Como no lo había hecho nunca hasta ahora - He conseguido que lo leas, y ahora es tuyo.

   -Yo no lo quiero para nada. Ya le digo que me ha parecido bastante malo - le advertí.

   -Da igual, ese no es el tema. Ese libro ha sido mi condena toda mi vida desde que lo leí por primera vez. Por su culpa tengo el aspecto que tengo. - hizo una pausa esperando alguna reacción por mi parte antes de seguir - Este libro transforma a quien lo lee. Parece absurdo, lo sé. Pero es verdad. La persona que me lo regalo me lo advirtió, si lo leía, mi aspecto cambiaría con los años, me volvería un ser triste, solitario, con la única compañía de los libros y con aspecto de chivo. No le creí, como seguro que tú tampoco me estas creyendo ahora. Pensando que sería una broma, lo devoré de una sentada e intenté sin éxito devolverlo a su dueño. Con el tiempo fui viendo como mi aspecto físico fue cambiando y como mi vida personal se fue reduciendo a los libros. Ni familia, ni amigos y ni mucho menos pareja. Durante muchos años investigue sobre el libro, encontré infinidad de leyendas que hablaban del tema, pero ninguna contaba la manera de evitarlo. Pasados los años, me terminé rindiendo y me prometí a mí mismo que ese libro no llegaría nunca a manos de nadie para no provocar la desgracia que yo he tenido que sufrir.

   Guardé silencio sin dar crédito a las palabras de aquel hombre.

   -¿Y porque he sido yo el elegido? ¿Si se puede saber? - le pregunté en tono burlón.

   -No sabes lo que es aguantar año tras año y día tras día el insulto de unos mocosos. El día que te pillé, pensé, por un momento, en obligarte a leerlo, pero deseché la idea. Solo eras un crio. Pero te he visto cómo has seguido pasándotelo en grande a mi costa todos los días.

   -Yo... lo siento - intenté disculparme.

   -Ya es tarde.

   En silencio, se levantó y volvió a la sala. Ocupó su sitio y se dispuso a seguir leyendo por la marca que había dejado antes de la interrupción. Como noqueado salí del despacho, guarde el libro maldito en mi mochila. Recogí mis cosas y me marché a casa. No volví a pisar aquella biblioteca nunca más.

   Treinta años después, cada vez que me miro a un espejo veo aquel bibliotecario callado y silencioso. Con la nariz y la cara afilada, los ojos un poco achinados y las orejas puntiagudas y separadas de la cara. Aún a día de hoy, no tengo claro si por culpa de aquel ejemplar, de la sugestión que provocó en mi ese hombre o mi amor por la literatura, vivo solo, sin más compañía que la de un gato que solo me reclama cuando tiene hambre. Rodeado de mis libros, tanto en mi casa, como en mi trabajo de bibliotecario a cientos de kilómetros de donde leí mi primer texto.

   Para intentar saber cuál será mi futuro, hace poco he empezado a investigar al hombre que me metió en esta monótona vida. Ayer me llegó el informe de la agencia. A los pocos años de perder el contacto, dejó el trabajo como bibliotecario para poner una editorial por su cuenta. Según el dosier, ahora está felizmente casado y tiene dos hijos, tanto él como su familia gozan de buena salud.

   El libro que posiblemente me convirtió en lo que soy me acompaña todos los días vaya donde vaya. He estado tentado de usarlo muchas veces contra algún niñato maleducado, pero nunca me he atrevido. Hoy que creo saber cuál es el antídoto a mi desdicha, cogeré a uno de esos mocosos y conseguiré que lo lea.

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