04 diciembre 2013

Juez y parte (3 de 3)

  Nada más entrar por la puerta de casa, se dirigió a la cocina y sacó una lata de cerveza de la nevera, le dio un largo trago y se dirigió al salón. Se quitó los zapatos y se tumbó en el sillón tapándose la cara con el brazo. Una vez más volvió a revivir en su cabeza el motivo por el que estos casos le afectaban tanto.
   Cuando Miguel Ángel todavía iba al colegio, solía ir a casa de sus abuelos maternos los domingos para comer, lo pasaba bien, pero era más una obligación que un placer. Su abuelo trataba bastante mal a su madre, la gritaba, la humillaba a menudo y esto hacía que Miguel Ángel no disfrutase especialmente de los domingos. Un día entre semana, a la vuelta de las clases, se encontró que sus abuelos se habían trasladado de manera indefinida a su casa. No solo tendría que ver a diario el trato despectivo hacia su madre sino que encima le quitaban su habitación, teniendo que compartir cama y habitación con su madre. Con el tiempo se enteró que era debido a un desahucio. Con esa edad no sabía lo que aquella palabra significaba, pero pronto comprendió que sus abuelos tenían facturas pendientes con el banco y que ni ellos ni su madre podían hacerse cargo, siendo expulsados finalmente de su casa.
   Seguramente aquellos abuelos que tendrían que abandonar su casa cuando él firmase la sentencia, no serían como los suyos, y probablemente los nietos no tendrían que perder su habitación, pero inconscientemente aquel juicio le hizo recordar como fue su infancia y, a decir verdad no le gustaba mucho lo que recordaba de esta etapa.
   Se levantó del sillón y se sirvió otra cerveza. Encendió la televisión para intentar olvidarse del tema y lo primero que salió fue el anuncio que había leído en el periódico pero en su versión televisiva. Por curiosidad inspeccionó su televisión y comprobó que desde ella también podía conectarse a una red de datos. Seleccionó la opción de buscar redes y enseguida aparecieron cuatro redes, una de ellas era la suya, pero la que mas le llamó la atención fue una llamada wifi-bank-32. Era un nombre un tanto extraño para una red doméstica. Como por instinto se asomó a la ventana y miró a la sucursal bancaria de la acera de enfrente a la suya, estaba en el número 32. ¿Sería la red del banco? Intentó acceder a ella, como no podía ser de otra manera solicitaba clave para acceder.
   Sin pensarlo dos veces, marcó el uno en la memoria del teléfono de casa. Después de dos tonos alguien descolgó:
   - Soy yo. Necesito que me localices al acusado del juicio de esta mañana, el informático. ¡Ah!, y mandame con un mensajero urgente todo lo que tengamos del desahucio que he aplazado.
   La secretaria contestó al otro lado del teléfono.
   - Sí, ya estoy mejor, gracias. Mañana nos vemos. - colgó sin esperar una respuesta.
   Una hora después sonaba el teléfono.
   - Sí, pásamelo – dijo Miguel Ángel secamente.
  - Hola, Roberto, ¿verdad? Soy quien te ha juzgado esta mañana. Verás – continuó diciendo sin dejar hablar al chaval – creo que me he equivocado con tu sentencia, pero antes quería hablar contigo. ¿Puedes venir a mi casa? Dime donde estás y te mando un taxi para que te traiga. Bueno, mejor voy yo.
   Roberto sin saber que contestar, le dio su dirección. Treinta minutos después el juez llamaba a la puerta de la casa del chico.
   - Hola, soy Miguel Ángel – se presentó el juez intentando parecer distendido – hemos hablado hace un momento por teléfono.
   - Ya – Roberto le invitó a pasar - ¿Quiere tomar algo?
   - No, gracias. Verás – Miguel Ángel no solía andarse por las ramas – tengo un problema y creo que me puedes ser de ayuda. A decir verdad, tu también tienes un problema, quizá podemos ayudarnos mutuamente.
   El joven prefirió guardar silencio, en parte por que no sabía de que iba aquello y en parte por miedo a decir algo inapropiado. Se limitó a afirmar con la cabeza.
   - ¿A ver cómo te lo explico? Por motivo de una investigación necesito entrar en el sistema de un banco, y como tú has dicho esta mañana es fácil entrar si sabes como. Me gustaría que me enseñases a entrar. A cambio yo podría modificar o ayudarte con la sentencia, todavía no la he firmado y estamos a tiempo de modificarla.
   - Pero … - Roberto dudó antes de decir lo que pensaba – ¿no se supone que no es legal entrar en los sistemas privados?
   - En este caso esta justificado, es para investigar un delito mayor. Si tuviese que redactar una orden judicial sería muy lento y se corre el riesgo de perder las pruebas incriminatorias.
   Roberto, pensó en silencio durante un largo rato.
   - Está bien, - dijo finalmente - ¿Qué necesita?
   - Coge el portátil, tablet o lo que utilices y vente conmigo.
   El taxi en el que había llegado el juez seguía parado en la puerta con el contador en marcha. Ambos subieron al vehículo y fueron llevados hasta la dirección indicada por Miguel Ángel.
   - Esta es la sucursal – señaló un banco justo donde había parado el taxi.
Roberto miró alrededor para localizar un sitio donde no llamar tanto la atención, indicó un bar cercano y se dirigió hacia él. Una vez sentados, el chico abrió su ordenador.
   - Entonces, quiere acceder al sistema de la entidad, ¿no?
   Miguel Ángel afirmó con la cabeza y fijó la mirada en la pantalla. Roberto manipuló su ordenador mientras daba explicaciones que el juez no llegaba a comprender. Cuando hubo entrado, giró el portátil hacia Miguel Ángel.
   - Ya estamos dentro, estas carpetas de aquí son las del servidor central de la entidad, estos iconos de aquí son impresoras y estos otros son los terminales de los empleados.
   - Vete a dar una vuelta y luego te aviso.
   El informático obedeció sin rechistar. Ayudado del ratón incorporado en el teclado, el juez fue navegando por las distintas carpetas hasta encontrar la que buscaba, en ella había varios informes de desahucios. Buscó alguna referencia con el nombre de los ancianos implicados. Cuando dio con los documentos abrió y modificó un par de ellos, miró su reloj para confirmar que el banco estaba ya cerrado y los mandó imprimir por una de las impresoras. Apagó el ordenador y esperó a que volviese Roberto para zanjar lo de su sentencia.
   Semanas después se reanudó el juicio por desahucio que había quedado aplazado. Miguel Ángel estaba igual de nervioso que en la anterior ocasión. En cuanto dio comienzo, el abogado de la defensa solicitó una reunión privada entre los abogados representantes de la entidad financiera y el juez. La reunión se produjo en el despacho del magistrado.
   - Señoría, solicito la suspensión del juicio – empezó diciendo el abogado – la semana pasada, mi cliente recibió de su entidad estos documentos - entregó los papeles al juez que los revisó minuciosamente – se trata de los últimos extractos bancarios, donde se puede ver que a mi cliente le han cobrado mantenimientos de cuenta abusivos, provocando que algunas de las letras hipotecarias no hayan podido ser pagadas.
   Miguel Ángel después de un breve silencio para mantener la tensión, miró a ambos abogados mientras se levantaba de su sillón. Los letrados le imitaron por respeto.
   - Efectivamente, esto invalida el proceso. Informen a sus respectivos clientes que el desahucio queda en suspenso. Si me permiten, les recomiendo a ambos que lleguen a un acuerdo que beneficie a las dos partes y se ahorren los futuros juicios por las comisiones o por impago de las amortizaciones.

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