Nada
más entrar por la puerta de casa, se dirigió a la cocina y sacó
una lata de cerveza de la nevera, le dio un largo trago y se dirigió
al salón. Se quitó los zapatos y se tumbó en el sillón tapándose
la cara con el brazo. Una vez más volvió a revivir en su cabeza el
motivo por el que estos casos le afectaban tanto.
Cuando
Miguel Ángel todavía iba al colegio, solía ir a casa de sus
abuelos maternos los domingos para comer, lo pasaba bien, pero era
más una obligación que un placer. Su abuelo trataba bastante mal a
su madre, la gritaba, la humillaba a menudo y esto hacía que Miguel
Ángel no disfrutase especialmente de los domingos. Un día entre
semana, a la vuelta de las clases, se encontró que sus abuelos se
habían trasladado de manera indefinida a su casa. No solo tendría
que ver a diario el trato despectivo hacia su madre sino que encima
le quitaban su habitación, teniendo que compartir cama y habitación
con su madre. Con el tiempo se enteró que era debido a un desahucio.
Con esa edad no sabía lo que aquella palabra significaba, pero
pronto comprendió que sus abuelos tenían facturas pendientes con el
banco y que ni ellos ni su madre podían hacerse cargo, siendo
expulsados finalmente de su casa.
Seguramente
aquellos abuelos que tendrían que abandonar su casa cuando él
firmase la sentencia, no serían como los suyos, y probablemente los
nietos no tendrían que perder su habitación, pero inconscientemente
aquel juicio le hizo recordar como fue su infancia y, a decir verdad
no le gustaba mucho lo que recordaba de esta etapa.
Se
levantó del sillón y se sirvió otra cerveza. Encendió la
televisión para intentar olvidarse del tema y lo primero que salió
fue el anuncio que había leído en el periódico pero en su versión
televisiva. Por curiosidad inspeccionó su televisión y comprobó
que desde ella también podía conectarse a una red de datos.
Seleccionó la opción de buscar redes y enseguida aparecieron cuatro
redes, una de ellas era la suya, pero la que mas le llamó la
atención fue una llamada wifi-bank-32. Era un nombre un tanto
extraño para una red doméstica. Como por instinto se asomó a la
ventana y miró a la sucursal bancaria de la acera de enfrente a la
suya, estaba en el número 32. ¿Sería la red del banco? Intentó
acceder a ella, como no podía ser de otra manera solicitaba clave
para acceder.
Sin
pensarlo dos veces, marcó el uno en la memoria del teléfono de
casa. Después de dos tonos alguien descolgó:
-
Soy yo. Necesito que me localices al acusado del juicio de esta
mañana, el informático. ¡Ah!, y mandame con un mensajero urgente
todo lo que tengamos del desahucio que he aplazado.
La
secretaria contestó al otro lado del teléfono.
-
Sí, ya estoy mejor, gracias. Mañana nos vemos. - colgó sin esperar
una respuesta.
Una
hora después sonaba el teléfono.
-
Sí, pásamelo – dijo Miguel Ángel secamente.
-
Hola, Roberto, ¿verdad? Soy quien te ha juzgado esta mañana. Verás
– continuó diciendo sin dejar hablar al chaval – creo que me he
equivocado con tu sentencia, pero antes quería hablar contigo.
¿Puedes venir a mi casa? Dime donde estás y te mando un taxi para
que te traiga. Bueno, mejor voy yo.
Roberto
sin saber que contestar, le dio su dirección. Treinta minutos
después el juez llamaba a la puerta de la casa del chico.
-
Hola, soy Miguel Ángel – se presentó el juez intentando parecer
distendido – hemos hablado hace un momento por teléfono.
-
Ya – Roberto le invitó a pasar - ¿Quiere tomar algo?
-
No, gracias. Verás – Miguel Ángel no solía andarse por las ramas
– tengo un problema y creo que me puedes ser de ayuda. A decir
verdad, tu también tienes un problema, quizá podemos ayudarnos
mutuamente.
El
joven prefirió guardar silencio, en parte por que no sabía de que
iba aquello y en parte por miedo a decir algo inapropiado. Se limitó
a afirmar con la cabeza.
-
¿A ver cómo te lo explico? Por motivo de una investigación
necesito entrar en el sistema de un banco, y como tú has dicho esta
mañana es fácil entrar si sabes como. Me gustaría que me enseñases
a entrar. A cambio yo podría modificar o ayudarte con la sentencia,
todavía no la he firmado y estamos a tiempo de modificarla.
-
Pero … - Roberto dudó antes de decir lo que pensaba – ¿no se
supone que no es legal entrar en los sistemas privados?
-
En este caso esta justificado, es para investigar un delito mayor. Si
tuviese que redactar una orden judicial sería muy lento y se corre
el riesgo de perder las pruebas incriminatorias.
Roberto,
pensó en silencio durante un largo rato.
-
Está bien, - dijo finalmente - ¿Qué necesita?
-
Coge el portátil, tablet o lo que utilices y vente conmigo.
El
taxi en el que había llegado el juez seguía parado en la puerta con
el contador en marcha. Ambos subieron al vehículo y fueron llevados
hasta la dirección indicada por Miguel Ángel.
-
Esta es la sucursal – señaló un banco justo donde había parado
el taxi.
Roberto
miró alrededor para localizar un sitio donde no llamar tanto la
atención, indicó un bar cercano y se dirigió hacia él. Una vez
sentados, el chico abrió su ordenador.
-
Entonces, quiere acceder al sistema de la entidad, ¿no?
Miguel
Ángel afirmó con la cabeza y fijó la mirada en la pantalla.
Roberto manipuló su ordenador mientras daba explicaciones que el
juez no llegaba a comprender. Cuando hubo entrado, giró el portátil
hacia Miguel Ángel.
-
Ya estamos dentro, estas carpetas de aquí son las del servidor
central de la entidad, estos iconos de aquí son impresoras y estos
otros son los terminales de los empleados.
-
Vete a dar una vuelta y luego te aviso.
El
informático obedeció sin rechistar. Ayudado del ratón incorporado
en el teclado, el juez fue navegando por las distintas carpetas hasta
encontrar la que buscaba, en ella había varios informes de
desahucios. Buscó alguna referencia con el nombre de los ancianos
implicados. Cuando dio con los documentos abrió y modificó un par
de ellos, miró su reloj para confirmar que el banco estaba ya
cerrado y los mandó imprimir por una de las impresoras. Apagó el
ordenador y esperó a que volviese Roberto para zanjar lo de su
sentencia.
Semanas
después se reanudó el juicio por desahucio que había quedado
aplazado. Miguel Ángel estaba igual de nervioso que en la anterior
ocasión. En cuanto dio comienzo, el abogado de la defensa solicitó
una reunión privada entre los abogados representantes de la entidad
financiera y el juez. La reunión se produjo en el despacho del
magistrado.
-
Señoría, solicito la suspensión del juicio – empezó diciendo el
abogado – la semana pasada, mi cliente recibió de su entidad estos
documentos - entregó los papeles al juez que los revisó
minuciosamente – se trata de los últimos extractos bancarios,
donde se puede ver que a mi cliente le han cobrado mantenimientos de
cuenta abusivos, provocando que algunas de las letras hipotecarias no
hayan podido ser pagadas.
Miguel
Ángel después de un breve silencio para mantener la tensión, miró
a ambos abogados mientras se levantaba de su sillón. Los letrados le
imitaron por respeto.
-
Efectivamente, esto invalida el proceso. Informen a sus respectivos
clientes que el desahucio queda en suspenso. Si me permiten, les
recomiendo a ambos que lleguen a un acuerdo que beneficie a las dos
partes y se ahorren los futuros juicios por las comisiones o por
impago de las amortizaciones.
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