Al
ver en el orden del día que el tercer juicio de la mañana sería de
un desahucio, Miguel Ángel ya se puso nervioso, hasta el punto de
descubrirse a si mismo abstraído completamente en sus pensamientos
mientras el acusado del primer juicio, un ratero de poca monta que
había robado una bici, era preguntado por su abogado.
-
Un momento, por favor – interrumpió al acusado – ¿podría
repetir la pregunta abogado?
-
Si, señoría. Preguntaba si el acusado fue agredido por el
denunciante en los días posteriores a los hechos. - cuestionó el
abogado.
El
juicio continuó con normalidad sin que el juez volviese a perder el
hilo. Después de un breve descanso, Miguel Ángel volvió al
trabajo con el segundo litigio, en este caso se trataba de un
Licenciado Informático que había entrado en las redes wi-fi de sus
vecinos, para sustraer fotos privadas de éstos y en algunos casos
haciendo compras cargando el pago a estos mismos vecinos.
El
acusado era un veinteañero casi imberbe y con gafas, con aspecto de
no salir nunca de casa viendo la palidez de su piel. A juzgar por la
manera que tenía el acusado de morderse las uñas y de frotarse las
manos una y otra vez, Miguel Ángel dedujo que no esperaba ese
desenlace cuando empezó a comprar relojes en internet en nombre de
otra persona. Finalmente, el magistrado dictó sentencia. Roberto
Cabrera, que así se llamaba el acusado, era condenado a realizar las
devoluciones de los productos comprados, devolver multiplicado por
tres lo estafado a cada uno de los afectados, además de dar soporte
informático a sus vecinos para ayudarles a proteger sus redes
inalámbricas para evitar futuras vulneraciones por parte de terceras
personas.
Antes
del tercer contencioso, Miguel Ángel impuso un descanso de una hora,
el sudor de sus manos le decía que sería un juicio tenso por su
parte y necesitaba tiempo para relajarse. Dentro del juzgado no era
el mejor sitio. Colgó la toga, salió del edificio y fue al bar más
cercano. Estaba lleno de letrados con sus clientes. Tampoco era el
mejor sitio para desconectar pero el bullicio del sitio le serviría
para evadirse. Pidió un café al camarero y abrió el periódico
para ojear los titulares. En la cuarta página un anuncio a todo
color le llamó la atención, era de un gran almacén que presumía
de vender todos sus productos con conexión a redes inalámbricas:
tablets, portátiles, smartphones, televisiones, hasta una báscula
típica de baño. Esto le recordó al chico del último juicio, el
acusado había hecho alusión al mensaje de la tienda hacía apenas
unas horas.
-
Ahora mismo, todos los aparatos tienen conexión a internet y redes
wifi. Es muy fácil conectarse a una casi por error. En cualquier
sitio que rastrees hay una red, un restaurante, una tienda, un banco
cualquiera, el ayuntamiento, incluso este juzgado tendrá una red
wi-fi. Y es muy sencillo acceder a ellas, en internet hay muchos
programas para saltarse los filtros - argumentaba el muchacho para
intentar defenderse.
Miguel
Ángel sacó su teléfono y activó la búsqueda de redes en su
móvil. En segundos le aparecieron cinco. El acusado tenía razón,
el bar tenía una red, y el juzgado también, aunque la señal
llegaba muy débil. ¿Sería tan fácil conectarse como decía? A él
la verdad es que no le había supuesto mucho esfuerzo, pero ¿para
qué querría alguien conectarse si no es para hacer algo
fraudulento? Es evidente que el que se salta la normas es para hacer
algo malo. Saltarse la red de su vecino para ingresarle dinero en la
cuenta porque sabe que no tiene para cambiar las ruedas del coche no
lo hace nadie.
-
Perdone, ¿me deja el periódico? - le solicitó alguien a su lado
sacándole de sus pensamientos.
-
Eh, ah, sí, perdone. - le entregó el periódico y miró la hora. Ya
había pasado el tiempo de receso que el mismo había marcado. Dejó
el dinero en la barra y salió corriendo hacia el juzgado.
Como
esperaba, el juicio por desahucio fue bronco, no solo por el tema que
se trataba sino porque el abogado de la defensa había llevado de
público a los más allegados de la familia para intentar
influenciar. Lo estaba consiguiendo, a juzgar por el estado de
nervios que le estaba poniendo al juez ver a los nietos del
matrimonio que podrían quedar en la calle si el abogado no
encontraba algún error de forma en el proceso llevado a cabo por el
banco.
-
Se suspende el juicio hasta nueva fecha – dijo Miguel Ángel cuando
ya no podía aguantar más la situación.
Los
abogados de ambas partes intentaron protestar sin éxito, pero el
juez ya no estaba en la sala para escucharles.
-
No me encuentro bien, me voy a casa. No me pase llamadas si no es
estrictamente necesario – le dijo a su secretaria.
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