Como no he sido uno de los seleccionados, aquí os dejo mi relato para ver que os parece.
Entonces…
se escuchó un grito que le despertó. Miró el reloj de la mesilla. Las dos de la
mañana. Se incorporó en la cama y golpeó con insistencia la pared.
-
¿Ya están otra vez los vecinos? - preguntó la mujer que hasta el momento dormía
profundamente al otro lado de la cama.
-
Estarán echando el de todos los sábados a estas horas - contestó el hombre
malhumorado. Ya estaban acostumbrados a oír gritos, gemidos y todo tipo de
ruidos a los vecinos con los que compartían pared, y también estaban acostumbrados
a ser ignorados por muchos golpes que diesen.
La
mujer no llegó ni a moverse, enseguida volvió a coger el sueño y se la escuchó
roncar suavemente. Él se volvió a tumbar en la cama y cerró los ojos.
El
sobresalto del grito le había desvelado. Era extraño, no recordaba ninguna vez
en todo el tiempo que llevaban en aquella casa que después de llamarles la
atención se hubiesen callado tan pronto. Y el grito no era como de costumbre,
no era de placer, parecía mas desgarrado. Un impulso le hizo levantarse de
nuevo y pegar la oreja a la pared. No escuchó nada, ni siquiera un susurro o
una respiración, nada.
-
¿Que haces ahora? - preguntó la mujer que se había vuelto a despertar.
-
shiii, calla – chistó el hombre.
Sin
más explicaciones, se fue a la habitación contigua que también compartía muro
con sus vecinos y pegó la oreja como hiciera anteriormente. De nuevo silencio.
Se
acercó a la puerta de casa y miró por la mirilla. Como no podía ser de otra
manera, oscuridad. Retiró con cuidado la cadena de casa y abrió la puerta con
sigilo. Apretó el interruptor de la luz del descansillo y miró hacia la puerta
de sus vecinos. Aún sintiéndose ridículo pegó de nuevo la oreja para intentar
escuchar algo.
Al
apoyarse, la puerta se abrió. El hombre retrocedió desconcertado hasta su
puerta donde se quedó quieto sin saber que hacer y sin dejar de mirar el hueco
que había quedado abierto en la vivienda. La luz del portal se apagó y le hizo
dar un respingo. La volvió a encender y sin cerrar la puerta de su casa empujó
la de su vecino.
La
casa estaba oscura. Susurró un saludo sin esperar respuesta. A medida que fue
avanzando, descubrió como las farolas de la calle iluminaban la estancia, lo
suficiente para no necesitar dar ninguna luz más. Llegó al salón desde donde
vio el pasillo iluminado por lo que parecía una lamparilla de noche.
-
¿Hola? ¿Hay alguien? - preguntó alargando las últimas vocales.
El
silencio fue la única respuesta que obtuvo. Poco a poco y con sigilo se fue
adentrando en el pasillo hasta llegar a la primera habitación. Desde el quicio
de la puerta miró en su interior. Nada le llamó la atención. Siguió hasta el
dormitorio principal completamente iluminado por una lampara en la mesilla.
Agudizó
el oído por si escuchase algo que antes se le hubiese escapado. De nuevo
silencio. Abrió suavemente la puerta del dormitorio hasta ver por completo la
cama de matrimonio. El hombre se llevó las manos a la boca para evitar gritar.
En
la cama estaba el cuerpo desnudo de su vecino con una raya roja atravesándole
el pecho de donde salía un reguero de sangre que goteaba hasta el parqué.
Estaba quieto, completamente inerte.
El
hombre volvió sobre sus pasos e intento salir de allí lo mas rápido posible. Al
atravesar el salón golpeó con los dedos del pie un mesa que al entrar había
esquivado sin dificultad, lo que le produjo un intenso dolor, se sentó en el
suelo para apretarse el pie y aliviar así el dolor. Cuando se noto recuperado
volvió cojeando a su casa.
Desde
el pasillo vio como la luz de su mesilla estaba encendida, no recordaba haberla
encendido. Entró en el dormitorio, su mujer seguía tumbada sin moverse. El
hombre se sentó en la cama y cogió el teléfono.
-
Despierta, alguien ha asesinado al vecino – dijo nervioso mientras con una mano
movía a su mujer para intentar despertarla. Al ver que no reaccionaba se dio la
vuelta para mirarla. Seguía quieta, tumbada bocabajo y tapada con el edredón.
Con
el teléfono en la mano se levantó del sitio y fue hacia el otro lado de la
cama. En el suelo, tirado, encontró una pequeña montaña de ropa con lo que
parecía el pijama de su mujer.
La observó unos segundos antes de retirar las sabanas.
Ver a su mujer tendida en la cama, desnuda y con un corte profundo que cruzaba
toda su espalda, le hizo gritar hasta quedarse sin aire en los pulmones.
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