03 noviembre 2013

Dos gritos en la noche

Ayer se publicaron los finalistas del segundo certamen de relato corto que organiza la Editorial La Fragua del Trovador. El concurso consistía en escribir un relato de entre 80 y 800 palabras cuyo principio de la historia comenzase por: "Entonces... se escucho un grito".

Como no he sido uno de los seleccionados, aquí os dejo mi relato para ver que os parece.



            Entonces… se escuchó un grito que le despertó. Miró el reloj de la mesilla. Las dos de la mañana. Se incorporó en la cama y golpeó con insistencia la pared.
            - ¿Ya están otra vez los vecinos? - preguntó la mujer que hasta el momento dormía profundamente al otro lado de la cama.
            - Estarán echando el de todos los sábados a estas horas - contestó el hombre malhumorado. Ya estaban acostumbrados a oír gritos, gemidos y todo tipo de ruidos a los vecinos con los que compartían pared, y también estaban acostumbrados a ser ignorados por muchos golpes que diesen.
            La mujer no llegó ni a moverse, enseguida volvió a coger el sueño y se la escuchó roncar suavemente. Él se volvió a tumbar en la cama y cerró los ojos.
            El sobresalto del grito le había desvelado. Era extraño, no recordaba ninguna vez en todo el tiempo que llevaban en aquella casa que después de llamarles la atención se hubiesen callado tan pronto. Y el grito no era como de costumbre, no era de placer, parecía mas desgarrado. Un impulso le hizo levantarse de nuevo y pegar la oreja a la pared. No escuchó nada, ni siquiera un susurro o una respiración, nada.
            - ¿Que haces ahora? - preguntó la mujer que se había vuelto a despertar.
            - shiii, calla – chistó el hombre.
            Sin más explicaciones, se fue a la habitación contigua que también compartía muro con sus vecinos y pegó la oreja como hiciera anteriormente. De nuevo silencio.
            Se acercó a la puerta de casa y miró por la mirilla. Como no podía ser de otra manera, oscuridad. Retiró con cuidado la cadena de casa y abrió la puerta con sigilo. Apretó el interruptor de la luz del descansillo y miró hacia la puerta de sus vecinos. Aún sintiéndose ridículo pegó de nuevo la oreja para intentar escuchar algo.
            Al apoyarse, la puerta se abrió. El hombre retrocedió desconcertado hasta su puerta donde se quedó quieto sin saber que hacer y sin dejar de mirar el hueco que había quedado abierto en la vivienda. La luz del portal se apagó y le hizo dar un respingo. La volvió a encender y sin cerrar la puerta de su casa empujó la de su vecino.
            La casa estaba oscura. Susurró un saludo sin esperar respuesta. A medida que fue avanzando, descubrió como las farolas de la calle iluminaban la estancia, lo suficiente para no necesitar dar ninguna luz más. Llegó al salón desde donde vio el pasillo iluminado por lo que parecía una lamparilla de noche.
            - ¿Hola? ¿Hay alguien? - preguntó alargando las últimas vocales.
            El silencio fue la única respuesta que obtuvo. Poco a poco y con sigilo se fue adentrando en el pasillo hasta llegar a la primera habitación. Desde el quicio de la puerta miró en su interior. Nada le llamó la atención. Siguió hasta el dormitorio principal completamente iluminado por una lampara en la mesilla.
            Agudizó el oído por si escuchase algo que antes se le hubiese escapado. De nuevo silencio. Abrió suavemente la puerta del dormitorio hasta ver por completo la cama de matrimonio. El hombre se llevó las manos a la boca para evitar gritar.
            En la cama estaba el cuerpo desnudo de su vecino con una raya roja atravesándole el pecho de donde salía un reguero de sangre que goteaba hasta el parqué. Estaba quieto, completamente inerte.
            El hombre volvió sobre sus pasos e intento salir de allí lo mas rápido posible. Al atravesar el salón golpeó con los dedos del pie un mesa que al entrar había esquivado sin dificultad, lo que le produjo un intenso dolor, se sentó en el suelo para apretarse el pie y aliviar así el dolor. Cuando se noto recuperado volvió cojeando a su casa.
            Desde el pasillo vio como la luz de su mesilla estaba encendida, no recordaba haberla encendido. Entró en el dormitorio, su mujer seguía tumbada sin moverse. El hombre se sentó en la cama y cogió el teléfono.
            - Despierta, alguien ha asesinado al vecino – dijo nervioso mientras con una mano movía a su mujer para intentar despertarla. Al ver que no reaccionaba se dio la vuelta para mirarla. Seguía quieta, tumbada bocabajo y tapada con el edredón.
            Con el teléfono en la mano se levantó del sitio y fue hacia el otro lado de la cama. En el suelo, tirado, encontró una pequeña montaña de ropa con lo que parecía el pijama de su mujer.
            La observó unos segundos antes de retirar las sabanas. Ver a su mujer tendida en la cama, desnuda y con un corte profundo que cruzaba toda su espalda, le hizo gritar hasta quedarse sin aire en los pulmones.

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